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dimecres, 24 de març de 2021

Preciosa crònica de Óscar García a Qualsevol Nit.

 

El pequeño milagro de Enric Hernàez

El Casinet d’Hostafrancs acogió la bella e inconfundible voz de Enric Hernàez en una nueva velada de música de autor ofrecida por el festival Barnasants.
 
 

En los tiempos que vivimos, asistir a un concierto es como vivir un pequeño milagro. La cultura ha sido señalada como uno de los cabezas de turco de la pandemia, un dudoso honor que no se merece, sobre todo si nos basamos en conciertos como el de Enric Hernàez en el Barnasants, con un Casinet d’Hostafrancs que ofrecía todas las condiciones y más para poder disfrutar de la velada con comodidad, distancia y seguridad.

Pero hablemos del protagonista de la noche. Enric Hernàez lleva más de 40 años siendo una rara avis en el panorama de la música catalana. Desde su estancia en Brasil, allá en la mitad de los 80, el cantante y compositor, más intérprete y músico que mero cantautor, ha sabido conjugar su querencia por las sonoridades brasileñas con el rock, el blues y el jazz, creando un collage musical propio e intransferible.

Su carrera podría resumirse en el tránsito de lo acústico a lo electrónico para volver, en los últimos años, a una sonoridad acústica cada vez más despojada de aderezos. Así se nos presentó en su actuación, solo y con una preciosa guitarra Godin como único acompañamiento. Actuando en distancias cortas, fiándose de sus propias capacidades, sin otros músicos con los que defender su repertorio, que es como se conoce a los auténticos artistas.

Lo mismo podemos decir de la selección de canciones. El recurso fácil para un intérprete que lleva cuatro décadas sobre los escenarios es la mirada complaciente al pasado. Eso le permite establecer puentes con la audiencia de sus inicios y compartir la añoranza por esos años de juventud en los que la música fue la banda sonora, obviando la decadencia actual.

Nada de eso pasa con Hernàez. En su actuación presentó un repertorio que intercalaba viejas composiciones con otras rabiosamente actuales, compuestas durante el confinamiento y que se miraban de tú a tú con las canciones de añadas muy anteriores.

Y ya que he hablado de añoranza, me permito intercalar un apunte biográfico para situar cómo empezó mi conocimiento de la música de Enric Hernàez. Lo conocí en la extinta Radio Minuto, en la que también sonaba gente como Michael Franks y Billy Joel y que me expandió las fronteras musicales en mi tierna adolescencia. Por esos recuerdos, por esa añoranza, canciones como Una foguera de Sant Joan en ple gener o Massa están grabadas en mi mente como los anillos en los troncos de los árboles.

La primera sonó en el concierto, aupada por los coros bienintencionados de los presentes. La segunda no, probablemente porque sea más difícil despojarla de su sonido de banda. Pero, como he dicho antes, también mostró nuevas piezas, como Sóc l’estrella que brilla, Nadja o Les trompetes de Jericó, una plegaria contra Trump.

Así que el concierto no fue una mirada hacia atrás, sino panorámica. Es ya éste uno de los grandes méritos a destacarle. Y otro, la calidad y calidez de las interpretaciones. La bella e inconfundible voz de Hernàez sigue emocionando. Seguro que no llega a los agudos de su juventud, y canta de forma más íntima, pero su voz continúa siendo un instrumento privilegiado, un lujo para el oído.

Y hablando de privilegiados, así es como nos sentimos al marchar del Casinet. Lástima que Hernàez siga siendo una delicatessen cuando la calidad de su producción e interpretación merecerían un reconocimiento mucho más mayoritario. Pero éste es el mundo en el que habitamos.

Per no sentir-se insignificant
cal fer trampes.
Per existir, per als altres
cal alçar-se en un tamboret
i agitar els braços
com saludant, i és massa…

Massa, Enric Hernàez






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